—Lacy se nos ha ido con las damas—indicó Ochoa mostrando un grupo de damiselas pintado en el papel—. Este siempre tan galante.
El posadero explicó dónde había comprado aquel papel, que era una de las grandes atracciones de la casa, y como tenía que ocuparse de sus menesteres posaderiles, dijo:
—Si no desean ustedes otra cosa, me marcho. Si tienen que llamar, den ustedes una patada en el suelo. Así.
—Está bien—indicó Ochoa—; conocemos el procedimiento.
Lacy había abierto las maderas del balcón del comedor que daba a la galería de la parra.
El tiempo estaba desecho. El cielo violáceo se deshacía a torrentes y la lluvia caía en rayas negras y oblicuas. Un canalón del tejado vomitaba agua, formando un gran chorro en arco que iba a caer sobre unas coles.
—Cierra, que viene viento—exclamó Ochoa.
—Me gusta ver el temporal—dijo Lacy, y saliendo del comedor y recorriendo el pasillo bajó al zaguán y se asomó a la puerta.
La tarde estaba tibia; el aire, blando.