Un olor de raíces y de tierra húmeda venía del suelo. A veces había ráfagas de viento huracanado. El follaje amarillo y rojizo de los árboles se desprendía dejando las ramas desnudas; algunas hojas grandes al volar por el aire parecían murciélagos de vuelo tortuoso o nubes de mariposas que al agitarse daban el vértigo.
La hojarasca seca del camino corría de aquí para allí como en un sábado de brujas, galopando en frenéticos escuadrones, volando por encima de las copas de los árboles, aplastándose sobre los troncos y quedando inmóviles en los charcos.
—Dejan la vida en la inmovilidad para irse a la libertad y a la muerte—se dijo Lacy a sí mismo—. Así hacemos nosotros los hombres; unos para caer en el fango como ellas, otros para quedar olvidados en la cuneta del camino.
Largo tiempo estuvo el joven Lacy embebido en pensamientos melancólicos, mirando las nubes que marchaban rápidamente por el cielo. En esto la muchacha de la posada se acercó al joven absorto, y le dijo que iba a subir la cena.
Volvió Lacy al comedor y se sentó a la mesa.
Esteban el posadero, de pie, apoyado en el respaldo de una silla, amenizó la velada hablando.
Se había internado de lleno en una de las narraciones que a él le parecían más interesantes; la lucha de la Veleta de Ustariz con el Caballo Blanco.
Preguntó Ochoa, mientras mondaba el hueso de una chuleta, por qué le había dado este nombre a su establecimiento, y el posadero charló por los codos.
Se trataba, según dijo, de una veleta vieja que había en Gastizar, una de las mejores casas de Ustariz, propiedad de los señores de Aristy. Gastizar era una de las curiosidades de la villa y competía con Urdains, la finca del convencional Garat, el hombre ilustre del pueblo que todavía vivía en otoño de 1830, época en que comienza esta historia.