Al decir de Esteban el pasadero, la villa entera había dado en decir que la veleta de Gastizar era una veleta misteriosa y simbólica, que anunciaba o por lo menos coincidía con los grandes trastornos políticos y con las convulsiones que agitaban el país.
Esta veleta de la torrecilla de Gastizar se hallaba desde hacía tiempo mohosa y no giraba con el viento; sin embargo, cuando los acontecimientos políticos eran grandes, sin duda la fuerza de la historia le hacía girar, quieras que no.
Así, la veleta de Gastizar se había movido en la época del Terror, después de las matanzas de Septiembre, cuando Domingo Garat fué designado por Danton para ministro de Justicia; también se había movido el día del suplicio de los Girondinos, día en que el mismo Garat era ministro del Interior; luego la veleta misteriosa cambió de rumbo el 18 de Brumario, y volvió a cambiar cuando las tropas de Wellington pasaron por Ustariz y el lord Duque se alojó en casa de Garat. Las dos últimas agitaciones de la veleta habían coincidido con Waterloo y con la restauración Borbónica.
La revolución de Julio no había conseguido conmover la veleta de Gastizar, quizás no consideraba a Luis Felipe y a sus ministros de bastante importancia, quizás los vientos del verano no habían sido lo suficientemente fuertes para sacarla de su inercia.
La Veleta de Gastizar dependía de la política francesa, que a su vez en Ustariz dependía de Garat.
Garat, la veleta y la Revolución eran la trinidad política de Ustariz.
Esteban el posadero, como hombre partidario de las reformas, había tenido la idea feliz de bautizar su posada con el nombre de la Veleta, dando a entender que el establecimiento y su amo patrocinaban los más atrevidos cambios y las más radicales modificaciones sociales.
Muchos aseguraban, según dijo Esteban el posadero, que no había de tardar la veleta en moverse. No era la revolución de Julio un acontecimiento tan insignificante para que una veleta, por muy alta que estuviera, lo despreciara.
Esteban al explicar la cuestión con detalles se reía; pero estaba inclinado a creer que algún misterio existía en la veleta de Gastizar, aunque no fuera más que para amenizar la vida, algo insípida, del pueblo.
Mientras Esteban charlaba animadamente, los viajeros cenaban y la muchacha de la posada iba y venía mirando al joven Lacy con el rabillo del ojo.