Después de la cena Esteban se retiró y los viajeros se enfrascaron en una larga conversación política.

Estaban los tres metidos en la gran aventura que los constitucionales españoles iban a emprender por aquellos días. Campillo era amigo del coronel Valdés, y pensaba acompañarle; Ochoa se decía partidario de Mina, y el joven Lacy se hallaba dispuesto a seguir a cualquier caudillo que marchase adelante, a la victoria o a la muerte.

Después de una larga conversación en la que se discutieron ideas y personas, Campillo dijo:

—Bueno, vamos a la cama, que mañana tendremos que levantarnos temprano.

Ochoa llamó con el procedimiento de la patada en el suelo, y se presentó Esteban, que condujo a cada uno a su cuarto.

—Me parece que la veleta de Gastizar esta noche se va a mover—dijo el posadero frotándose las manos.

Lacy entró en su cuarto, dejó la palmatoria en la mesilla de noche y se sentó en una vieja butaca. La alcoba tenía en el techo grandes vigas pintadas de azul. En medio estaba la cama de madera, grande, ancha, con cuatro o cinco colchones y del techo colgaban cortinas pesadas que la envolvían. Más que una cama, aquello parecía un altar.

Sobre una cómoda, brillante y ventruda, se veía en un fanal un ramillete hecho con conchas. Lacy estuvo un momento pensativo; luego se acercó a la ventana. Se había levantado un viento terrible, huracanado.

Las ráfagas de aire daban alaridos, mugidos, silbidos; zarandeaban los árboles, cuyo follaje seco se estremecía y producían un rumor como el del mar en un robledal lejano. Algunas ramas golpeaban el cristal de la ventana como si fueran manos que llamaran.

Los relámpagos aclaraban el campo con su luz cárdena y resonaban los truenos largos en todas las concavidades del valle. Un momento la lluvia se convirtió en granizo y quedó todo el campo cubierto de perlas brillantes. Caía el granizo con un repiqueteo como el de un tambor. Lacy, después de un largo rato de contemplación, se desnudó, apagó la luz y se metió en la cama...