Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de arenisca blanca.
Las persianas y puertas verdes estaban ya muy desteñidas; el alero, artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba pintado de manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y los entablamentos amarillos.
Un camino transversal que partía de la carretera pasaba por delante de Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia Chimista. A este camino daba la fachada principal del palacio.
Tenía ésta un jardín delante circundado por una tapia baja, con dos grandes tilos y unos macizos de hierba.
Pasando la avenida se entraba por una portalada por encima de la cual avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo barandado estaba sujeto a la pared por arcos de hierro.
Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.
En el segundo piso había cinco balcones sin saliente con los cristales pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando el alero una mansarda.
Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.
Entre la casa y el río se extendía la huerta orientada al levante con dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la India que hacía poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos días de Octubre estaban aún en todo su esplendor.
Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado desde donde se le mirase.