IV.
GASTIZAR Y CHIMISTA

Si van ustedes a Chimista—dijo Esteban el posadero a sus huéspedes—irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con la lluvia de esta noche.

—Nos vamos a poner perdidos—dijo Campillo.

—Si usted quiere ir a caballo—observó Ochoa—nosotros le seguiremos a pie.

—No; iré también a pie.

—Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de Chimista—indicó Esteban.

Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de la posada y marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.

Era Gastizar un caserón grande colocado entre la carretera y el río, con las paredes de un color amarillento negruzco, las persianas verdes y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso. Una de sus fachadas laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada, centinela en guardia que vigilaba la carretera.

En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran sus paredes de mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de la torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.