—¿Está don Valentín Malpica?—preguntó Campillo en castellano.
—¡Mi padre!... Sí...—balbuceó la mujer.—¿Qué le querían ustedes?
—Queríamos hablarle. Somos amigos suyos.
—Ah, entonces... pasen ustedes, está en la huerta.
Campillo y Lacy cruzaron el zaguán y un establo y salieron a la huerta.
Contemplando unos árboles frutales había dos hombres; un viejo canoso y un señor de unos cuarenta años, tipo entre ciudadano y campesino que llevaba una boina grande. Este señor era el mismo que habían visto en el zaguán de la fonda de la Veleta al llegar a Ustariz en un tilburí.
Campillo se acercó al viejo.
—¡Malpica!—exclamó.
El viejo se volvió rápidamente y puso la mano derecha sobre los ojos como pantalla y preguntó en francés a su compañero: