—¿Quién es?
—No sé, no le conozco—dijo el de la boina.
—Soy Campillo, tu camarada. ¿No te acuerdas de mí?
Malpica se acercó al forastero y le estrechó la mano.
Era don Valentín Malpica un viejo derecho con la cara sonrosada y los ojos grises. Tenía la tiesura y la rigidez de un militar.
—Venimos a hablarte—dijo Campillo.—Este muchacho que me acompaña es Eusebio de Lacy, hijo del general.
—¡Es el hijo de Lacy! perdone usted joven que le abrace.—Malpica le estrechó entre sus brazos.—Le conocí mucho a su padre de usted, y peleé con él—siguió diciendo.—Era un militar valiente y un liberal de verdad. Espérenme ustedes un momento. Les presentaré a ustedes... mi hija..., Miguel Aristy..., el coronel Campillo... Lacy.
Se dieron la mano. Miguel Aristy era el señor de la boina grande que acompañaba a Malpica.
La hija del coronel invitó a sentarse a los forasteros en el jardín en un cenador cubierto de enredaderas, entre las que se destacaban clemátides blancas y azules, campanillas rojizas y rosas tardías.
Un niño de tres a cuatro años salió corriendo de la casa y se echó en brazos de la hija de Malpica.