En 1822 Malpica volvió a España y a su finca. Le dijeron al llegar y notó también él que su amigo Ramón tenía mucha confianza con su mujer, cosa nada rara, pues que el amigo llevaba siete años visitando asiduamente la casa.

El coronel que había traído costumbres y hábitos de factoría de su vida americana, estaba fuera de su centro en el círculo de su mujer y de sus amistades, y para encontrarse entre los suyos iba de caza, andaba entre los jayanes, y se enamoró de una muchacha zafia hija de un labrador.

Las relaciones fueron públicas y produjeron la indignación de la mujer de Malpica que reprochó a su marido su conducta.

—No hay que hacer caso de lo que hablan las malas lenguas—parece que dijo Malpica sentenciosamente a su mujer—también dicen de ti que estás enredada con mi amigo Ramón y yo no lo creo.

La mujer contó esto a Lanuza quien pidió cuentas a Malpica.

Riñeron los dos violentamente y Lanuza le dijo:

—Todo el mundo sabe que yo no tengo nada que ver con tu mujer. Es una calumnia que repites de una manera innoble, en cambio todo el mundo sabe que tú tienes relaciones con esa muchacha hija de un aperador.

—Es falso también.

—No, no es falso—y Lanuza añadió con sorna.—Esa muchacha es la querida de tu asistente y el dinero que tú le das a ella, ella se lo entrega a él.

—¡Mientes!