PRÓLOGO
Era un dragón, una sierpe, una salamandra, un monstruo hórrido, difícil de clasificar, con una corona de tres picos en la cabeza y un dedo de su mano derecha en los labios como para imponer silencio. ¿A quién? No lo sabemos.
Este dragón se hallaba encaramado sobre el mundo, una bola de hierro negra, sujeta en un vástago y tenía la humorada de señalar el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, cosa no difícil de comprender si se añade que el grifo, basilisco o dragón, formaba parte de un pequeño y simpático artefacto que llamamos veleta.
Esta veleta coronaba la torre de la casa solariega de un pueblo labortano.
Era un monstruo rabioso, aquel monstruo indefinido que dominaba su mundo, un monstruo rechinador, malhumorado, que giraba desde hacía muchos años, no se sabía cuantos, en la vieja torre de Ustariz que tenía Gastizar por nombre.
Sus garras amenazaban alternativamente a los cuatro puntos cardinales, de su boca salían llamas que por arte mágico se convertían en una flecha, sus orejas estaban atentas a todo cuanto se hablaba y se murmuraba en el pueblo.
Para neutralizar la perversidad y la iracundia de aquella furia super-terrestre, para dulcificar su pérfida malicia, el artífice que le dió forma mortal le fijó para siempre en la cola el anagrama de Jesús-Cristo: J. H. S.
Así este dragón tosco y quimérico representaba el dualismo de las cosas humanas y divinas: por la cabeza al diablo y por la cola a Dios; por delante la ciencia, el materialismo, la duda; por detrás el misticismo, y la piedad; por un lado todo malicia, ironía y desprecio para los mortales por el otro todo benevolencia y resignación cristiana.
En aquella peligrosa altura, en aquella posición incómodamente ambigua, Ormuz y Ariman en una misma pieza, tenía que girar a todas horas el pobre y lastimero dragón de Gastizar. No era extraño que su genio se hubiese agriado y que rechinase con tanta frecuencia.