La soledad le había hecho melancólico. Las alturas aislan. Aquel viejo basilisco no tenía amigos; únicamente una lechuza parda se posaba en el remate de la veleta y solía estar largo tiempo contemplando desde allí arriba el pueblo.

¿El dragón roñoso y la lechuza de plumas suaves y de ojos redondos se entendían? ¿Quién podía saberlo? ¿Venía ella—el pájaro sabio del crepúsculo—a recibir órdenes de aquel basilisco chirriante e infernal agobiado por su apéndice cristiano? ¿O era el basilisco el que recibía las órdenes de la lechuza?

Si alguien traía órdenes era indudablemente la lechuza. ¿De donde? Lo ignoramos.

El viejo dragón velaba sobre el pueblo. El dirigía los fantasmas de la noche, él hacía avanzar las nubes obscuras que pasaban delante de la Luna, él irritaba y calmaba los ábregos y los aquilones con sus movimientos bruscos y sus chirridos agudos.

En los días de tempestad mientras el vendaval soplaba con fuerza, el dragón mugía y chillaba escandalosamente; en las tormentas, a la luz de los relámpagos, se presentaba terrible e iracundo, en cambio en los días de sol, cuando la claridad dorada se esparcía por las colinas verdes del Labourt, ¡qué humilde! ¡qué domesticado! ¡Qué buenazo aparecía el dragón de Gastizar vencido por el anagrama cristiano de su cola!

Aun en estos días tranquilos miraba con cierta sorna a la gente que, sin duda, desde su altura le parecía pequeña, a veces se volvía despacio como para dirigir al espectador una cortesía amable, a veces le daba la espalda con un marcado desprecio.

A pesar de su maldad, de su energía y de su furia, el dragón de Gastizar desde hacía algunos años se movía con dificultad para dar sus órdenes.

¿Era que su aditamento cristiano le iba dominando y adormeciendo?

¿Era que sus articulaciones se entorpecían con el reumatismo y la gota?