—No, tenía más de cuarenta años y el vientre arrugado.
—¿Y cómo aceptaban ustedes esto?—decía Larresore.
—¿Y qué íbamos a hacer mi querido caballero? ¿Ibamos a decir que éramos moderados cuando al peluquero Basset se le guillotinó por haber hecho pelucas de aristócratas? Había que ser rojo para vivir; si no estaba uno perdido. No había más remedio. Fué moda ser filósofo, fuímos filósofos, luego republicanos, fuímos republicanos, después terroristas, luego thermidorianos, después bonapartistas, hemos sido realistas y ultramontanos; ahora aparecemos como liberales. Garat y yo lo hemos sido todo. Nos acusaran de versátiles, ¡qué tontería! De veletas. Por lo menos no dirán que somos veletas enmohecidas ni roñosas.
Y Choribide se frotaba las manos riendo.
Le gustaba a este viejo contar casos de apostasía y de cambios de opinión. Le gustaba también explicar las intrigas de su tiempo y descubrir las causas bajas y ridículas que habían dado origen a acontecimientos que se tenían por grandes.
El cínico y extraño personaje era hombre de gran instinto social; entraba en todas las casas de Ustariz y entre ellas en Gastizar. ¿Cómo le aceptaba madama de Aristy? Era difícil comprenderlo.
Choribide visitaba a lo mejor y a lo peor del pueblo; solía estar en la cabecera de la cama de Garat haciendo compañía al viejo político y en el salón de madama de Aristy; otras veces convidaba en la Veleta de Ustariz a un veterano de la Revolución que estaba en el asilo, a quien los chicos llamaban Cucú el rojo y cantaban los dos la Carmañola, el Ça, ira y otras canciones desvergonzadas y terribles, algunas dedicadas a la Sainte guillotinette.
Choribide de tres en tres años iba a París, solía visitar a sus amigos realistas y a los republicanos que aún vivían. Visitaba también a los cómicos y cómicas viejas en sus guardillas y se enteraba de todo y hasta se enternecía, al parecer, aunque para él todo no era más que un dato y un motivo de conversación.
Desde las jornadas de Julio, Choribide tenía en su casa un teniente de infantería de la Guardia real que había sido licenciado y era sobrino de su mujer.