—Pues Caillot—explicó él—era un cómico excelente y muy viejo en mi tiempo a quien yo no vi representar. Caillot vivía en Saint Germain y era muy amigo de Juan Jacobo Rousseau. Un día Juan Jacobo vió a Caillot con un cuchillo de caza admirable y le dijo que le chocaba que se permitiera gastos tan excesivos.—No, no lo he comprado yo—contestó Caillot—me lo ha regalado Su Excelencia, el príncipe de Conti.—¿Es que usted acepta los regalos de los príncipes?—preguntó Rousseau.—¡Y yo que le tenía a usted por un filósofo!—Lo soy, dijo Caillot. Usted es un filósofo que rehusa y yo soy un filósofo que acepta. Yo—terminaba Choribide—soy como Caillot un filósofo que acepta.

Choribide era inagotable contando anécdotas.

El caballero de Larresore que algunas veces lo encontraba en el Bazar de las señoritas de La Bastide hubiera querido despreciarlo, pero la verdad era que le admiraba e iba muchas veces a oirle.

Choribide contaba la vida de París durante el Terror, la gente marchando por las calles con la mirada baja espiándose con el rabillo del ojo, y por las noches las familias que se encerraban en las casas temiendo las visitas domiciliarias.

Choribide explicaba cómo funcionaban los garitos del Palais Royal, cómo se jugaba, quiénes eran los puntos más fuertes y quiénes las cortesanas más célebres de aquellos lugares. Un día llegaba y decía:

—Hoy hace cuarenta años estaba yo en el teatro en París, viendo representar una comedia Los acontecimientos imprevistos. En aquella noche estuvo a punto de ser presa madama Dugazon por decir unos versos entusiastas mirando al palco en donde estaba María Antonieta. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! gritábamos los jacobinos. La cómica no se intimidó, se acercó más al palco de la reina y recitó con mayor energía los mismos versos. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! seguíamos gritando nosotros mientras otra parte del público aplaudía con entusiasmo.

A este viejo currutaco le gustaba contar horrores vistos por él en la Revolución y hacía temblar a sus oyentes hablándoles del suplicio de los reyes, de los girondinos y de los dantonianos que había presenciado. Sobre todo en los detalles era donde el viejo Choribide estaba extraordinario; cuando hablaba, por ejemplo, del negro Delorme, uno de los exterminadores de los presos en las matanzas de Septiembre, llegaba a lo trágico, Choribide describía a este negrazo medio desnudo, con el cuerpo manchado de sangre, degollando hombres y mujeres entre risas y carcajadas.

Después pintaba el contraste del negro velludo teniendo en brazos el cuerpo decapitado de la princesa de Lamballe, al que pasaba un trapo húmedo para quitarle la sangre, mientras la cabeza de la infortunada princesa estaba en una taberna próxima y un peluquero le rizaba el pelo. ¡Qué blanca es!—decía la gente al ver el cuerpo de la princesa. Y esta idea de la blancura de la víctima exasperaba a la plebe, y un bárbaro arrancó al cadáver el corazón y otro el sexo y las entrañas.

—¿Y era una mujer hermosa?—le preguntaron dos o tres a Choribide cuando contó esta escena.