—¿Es usted religioso?—le preguntaron alguna vez.
—No—replicó él—pero hay que contentar al pueblo. Hago como su excelencia el duque de Otranto en otro tiempo el ciudadano Fouché—añadía.—Yo le he visto a Fouché cuando se inauguró el busto de Lepelletier Saint-Fargeau hablar de que había que destruir las cruces y signos religiosos y poner en los cementerios un letrero que dijese: la Muerte es el sueño eterno. Años después pasamos por sus tierras unos cuantos cómicos en coche y vimos a un señor que se descubría con gran respeto al pasar delante de unas cruces. ¿Quién es? preguntamos. Es Su Excelencia el duque de Otranto.
Choribide era un cínico.
—Dicen que mi mujer ha sido durante quince años la querida de su tío el párroco—solía decir con indiferencia—es posible, pero no es nada clerical.
Choribide tenía entusiasmo por su versatilidad.
—El pobre Garat y yo—decía frotándose las manos—hemos estado en todos los partidos. No podemos echarnos nada en cara. Hemos salido un poco prostitutas.
Añadía también medio en serio, medio en broma que sentía ser viejo y vivir en una aldea, pues le hubiera gustado probar el sansimonismo.
Choribide tenía influencia y conseguía cosas que otros con más representación no podían conseguir. A cambio de estos favores aceptaba lo que le dieran.
—Yo diré como Caillot—decía una vez en la tertulia del Bazar de París.
Como nadie sabía allá quién era Caillot, la gente se encogió de hombros hasta que uno preguntó: ¿Y qué decía Caillot?