Choribide lo había hecho todo. Había comenzado su carrera histriónica tomando parte en las representaciones patrióticas de la época del Terror y había figurado como comparsa en la Sansculotide haciendo de ciego.
Choribide había vagado por París durante los tumultos y las matanzas terroristas.
Al iniciarse la reacción de Thermidor se había convertido en Muscadin, en elegante enemigo de los revolucionarios violentos y astrosos. De esta época le venía el apodo.
Después fué especialista de muchos oficios innobles, hizo el agiotaje de los asignados, sirvió de gancho en las casas de juego, y durante algún tiempo fué agente de la policía diplomática organizada por el ministro Tondu-Lebrun. En las malas épocas estuvo asociado con una banda de monederos falsos.
No ocultaba que parte de su vida había vivido haciendo delaciones que las cobró bien.
Choribide estaba acostumbrado a la caza del político y a la caza del incauto.
La intriga era uno de sus elementos. Para él no había moral, ni derecho, ni nada, sólo había necesidades que engendraban combinaciones en que se salía ganando o perdiendo. La moral no contaba en sus cálculos.
Ya machucho Choribide llegó a Ustariz con un pequeño retiro a cobrar una herencia. Allí conoció a una solterona muy religiosa, sobrina del antiguo párroco y dueña de una finca que se llamaba Archa-baita, y se casó con ella.
El ex terrorista iba todos los domingos a la iglesia con su mujer.