Creía que en España todos los hombres eran valientes como el Cid y todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio, tenía una profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que querían hacerle comerciante y francés.
A los veinte años Eusebio fué a París y poco después a Londres. Allí se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a los emigrados españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía por su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.
Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la de los demás emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento, empresa difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.
Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y hubiera querido que éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y sacrificio.
La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en Londres. Como la mayoría de los liberales, al saber su resultado marchó a París, donde conoció a Ochoa, de quien se hizo gran amigo.
Al enterarse los dos del proyecto de intervención por la frontera de los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no tenía mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de los Vascos.
Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía con mucho método; tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres formadas en el colegio.
En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía el prestigio de ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de dos bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como el castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria y con los licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo régimen.