Llauder salió en busca de los sublevados camino de Mataró. Milans del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez de apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó preso.
Una Comisión militar le juzgó y le condenó a muerte; el Gobierno y Castaños, que en este asunto representó un papel muy ambiguo, ordenaron que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al pueblo que era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de Bellver lo fusilaron.
Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los amigos de Lacy, entre ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que enviara a su hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a Quimper y lo acompañó a Barcelona.
Poco después el muchacho asistió en Palma de Mallorca a la exhumación del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de Santo Domingo, que fué transportado con gran pompa a Barcelona.
Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a Eusebio primer granadero del Ejército español.
Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo un motivo de orgullo para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los amigos y camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban sus proezas y sus rasgos de energía y de valor.
Eusebio llegó a tener por su padre una adoración ciega, que le llevó a ver con disgusto el comportamiento de su madre.
Al acabar su existencia de tres años el Gobierno constitucional, Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los liberales amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo exaltado, de una generosidad extraordinaria.