Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente de Saint Esprit que se consideraba la mejor de los contornos; filas de judíos de perfil aguileño y de voces graves o agrias cruzaban el puente para correr sus géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas y gasconas pasaban riendo; alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer compras, algún lion lucía su frac y sus melenas, y algún refugiado español marchaba sombrío embozado en la capa y con el cigarrillo entre los dedos.

Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses paseaban en la plaza de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes tenientes arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a los niños en sus brazos.

Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.

Al llegar el verano la gente salía al campo, iba hacia el mar, visitaba el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo lejos las crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.


III.
LAS AMISTADES DE LACY

Varias visitas de amigos suyos y de algunos de su padre tuvo Lacy en su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un antiguo condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.

Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y fueron los tres a hospedarse a la fonda de San Esteban.

Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos charlando largo rato. Tilly hablaba muy mal el castellano.

Lacy se manifestó en el curso de la conversación como lo que era, un liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado; para él las teorías no tenían importancia, sino los hechos; él creía que se podía encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a Robespierre.