—Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver cómo la cumple.—Esta era la cuestión según Tilly.

—¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que quiere ser fraile y al que quiere ser un Don Juan?

Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por un extravagante no quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.

Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de exploración. Desde allí le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello. Tilly era un joven alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida, el labio inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado de la Casa de Austria.

Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial, como un chico algo místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy misterioso y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.

—Aquí te tienen por aristócrata—le decía Lacy en el colegio.

—Sí—contestaba él—; dicen que nosotros descendemos de los Tilly de Normandía que tenían un castillo cerca de Caen; pero los Tilly se han dividido en tantas ramas, que la mayoría de los que llevan este apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay Tillys ricos y pobres. Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi familia. Mi padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.

Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se le reveló en Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con un gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más pronto o más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.

Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del cinismo con que su condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los emigrados.

Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros amigos, y se tomaron informes de Tilly.