Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso, jugador, de una moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las mujeres, a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero lion.
Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba vizconde, en otras caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.
A pesar de que quería demostrarlo no tenía seguridad en sus ideas, y muchas veces caía en unas preguntas candorosas y absurdas.
—¿Tú no crees en las cartas?—le preguntó una vez a Lacy.
—No, hombre, no; eso es una tontería.
Tilly tenía también unos proyectos tan poco lógicos, de una ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.
Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en tratos con los judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para jugar o para vivir.
La señora que le protegía y a quien llamaba su prima en público, era una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía llamar Lady Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.
A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer el cargo de capellán de Lady Russell, pues esta dama era católica. El abate era un hombre de un aspecto selvático y al mismo tiempo inteligente; tenía el pelo rojo, la frente tempestuosa, las facciones toscas, groseras, de hombre de campo; el color encendido y los ojos claros y brillantes.