Tilly y el abate, en los días que estuvieron en Bayona, dejaron un rastro de desórdenes y de crápula.

Los dos en compañía de un aventurero francés que se las echaba de muy liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los lugares de perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y era un tipo de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de grandes actitudes.

Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó a Lacy. Este, al verle pálido y desencajado, le dijo:

—¿Para qué haces esa vida de perdido?

—¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a aburrir.

—Entonces no lo comprendo.

—Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea un enigma para los demás y para sí mismo. Unicamente los que tienen una tradición muy fija, como los judíos, saben lo que son y lo que quieren.

—Tú no tienes la tradición de ser un perdido.

—No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y algo por curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres, revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.

—Pero en ti está escoger una línea y seguirla.