Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas las mascaradas simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se había afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.
Mina, además, había puesto el veto a mucha gente; según sus enemigos, por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.
El partido de los masones tenía relaciones continuas con las logias de la península y empleaba para ello a los capitanes de buques mercantes y a los comisionistas.
Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos tenían como prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch y a López Pinto.
Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni éstos a los ex comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a Mina. Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de la isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos capitalistas ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición contra la frontera española, y los capitalistas habían dicho que únicamente si Mina dirigía la expedición prestarían dinero.
El grupo ex comunero sintió el desdén de esta negativa, y el grotesco y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra el caudillo navarro.
Además de estos núcleos formados en Londres había los liberales que no querían formar grupo alguno y se consideraban independientes; tales eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el padre Asensio Nebot y otros varios.
Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso del grupo rival; cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para aplastar al compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros, esa terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni comunidad de ideas.