El segundo grupo era de los ministas o partidarios de Mina. Los enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar, pero predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los oficiales de mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América, excepto los que tenían algún motivo de queja, fundado o no, contra el caudillo navarro. El Gobierno inglés trataba a este grupo con gran consideración, y según se decía le proporcionaba fondos para pagar sus agentes.
En España casi todos los liberales esperaban, más que de ningún otro jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios incondicionales. Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales. Mina, según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera ciegamente.
Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto con él por este motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible que por dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.
Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo que hacía, y afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los espías del Gobierno español no podían averiguar sus manejos.
Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus cartas en Plymouth y vivía cerca de Londres en una casa de campo.
El general llevaba sus asuntos con una gran cautela; para cada empresa que se le presentaba buscaba el hombre a propósito. Se había servido varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel Baiges, un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y de fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy reservadas las llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún las seguía él mismo, sin comunicárselas a nadie.
El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y consideraba el secreto necesario e imprescindible.
El segundo partido militar, colocado enfrente del de Mina, lo capitaneaba Torrijos y tenía como lugarteniente al coronel don Francisco Valdés. Estos no sentían gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más radical. Méndez Vigo y sus partidarios pensaban en la República.
Otra facción liberal era la de los masones, a cuya cabeza estaba don Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.