Ante esta disociación de su personalidad, el hombre, que antes que nada quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra, mira a su alrededor y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.

Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los hombres actuales escogen, de ahí su desgracia.

Unos escogen ciega y brutalmente—la mejor manera de escoger—, otros miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y el contra ¡los ilusos!

Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y siguen la estela que dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.

En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales durante largas épocas históricas.

¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido una serie de esfuerzos heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han marchado de desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela! ¡Cuántos grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que dentro de sus ideas no había nada!

¡Cuántos millones de soldados muertos sabían únicamente que su patria era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la azul, la que tenía este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados por la corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de la vida.

En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las grandes corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad de los pueblos dejando una estela.

Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de las ideas; que es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por ella rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el barco ha pasado para siempre y ya no volveremos a divisar sus velas.