Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles, y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca, garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de Maroto.
Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de León.
Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.
Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.
Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un trapo a Maroto.
Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.
Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.
El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único talento era éste: disimular):
—Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre mis generales había algunos masones.
—Señor—replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una violencia de vasco fanático—: Los generales que estén en el ejército carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.