Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:

"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.—A."

Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y melodramático:

—Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!

—¡Abajo!—contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era inoportuno dar gritos en una reunión secreta.

Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en grupos, volvieron a Bayona.

Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León, Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.

Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:

"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en sus mismas doctrinas."

Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido desinficionarse de todas.