En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto, Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.

—¿Qué hacemos?—preguntó el obispo.

—Hay que comunicar eso a don Carlos—contestó Miñano.

—Y cuanto antes—añadió Echevarría.

—¿Usted no tiene un agente en el Real?—preguntó Miñano al obispo.

—Sí: Enciso.

—Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a presencia de don Carlos.

El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta por temor a comprometerse.

—¿Cree usted que sea necesaria?—preguntó varias veces a Miñano.

—Sí; me parece indispensable.