Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a Miñano.

En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.

El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza a casa de Labandero.

Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.

Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.

Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo de León, que venían del Seminario.

Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se quedaron maravillados.

Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.

Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con el abate Miñano.

Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz; Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly, y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros y los muebles.