El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.
Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general, llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte legalmente.
La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet que volviera a Francia y que los llevara.
Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que visitara en Guethary al obispo de León.
Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.
El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para siempre.
—El asunto es importantísimo—le dijo el obispo a Roquet—. Yo quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su Majestad.
Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca y puso los ojos en blanco.
Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.
—Lo tendrá. Lo tendrá—dijo el obispo.