Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red. Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie firme y se entendieron.
Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó. Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:
Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español, después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran. El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer como un hombre capaz de un abuso de confianza...
—Está bien—dijo Roquet al oír la explicación.
Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al partido apostólico.
Les decía en la nota lo siguiente:
"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos papeles."
Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.
Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver, se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S. E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras: "Salud, Moderación y Esperanza".
Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto figuraba como gran jefe de la masonería.