—Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.

—Nada; yo traeré a ese amigo mañana.

Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su amigo, Pablo Roquet.

Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el español como el francés.

Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno, delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de cincuenta años.

Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña Paca Falcón conocía a esta pareja.

Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.

Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con el nombre de Simancas.

Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y comprendió en seguida su importancia.

Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha que guardaba de él.