Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.

A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...

Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy, instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.

Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el escritor.

—Oiga usted, don Eugenio—le dijo Ochoa a Aviraneta—, ¿qué cantidad de verdad hay en estos retratos?

Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.

—No están mal—dijo.

—Es curioso—exclamó el pintor—; las figuras de cera son más pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.

—¡Ah, claro! No es obra artística—indicó Aviraneta.

—Indudablemente—dijo el pintor con petulancia—, las figuras de cera son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo. Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...