—Parece un fantasma—dijo Aviraneta.
—Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?—preguntó el pintor.
—Hay gente para quien lo horrible es lo bello—replicó Ochoa.
—¡Bah!—exclamó el pintor.
—¿No lo era también para Shakespeare?
—Yo no he leído a Shakespeare—replicó el artista—; como si esto fuese una superioridad.
—Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?—exclamó Aviraneta—. Ellos lo tienen todo en casa.
—Es verdad—contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.
Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no había oído hablar nunca de Shakespeare.
—En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro—insistió Ochoa—; la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas, hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de cera es funerario y sepulcral.