—Como tú, querido Ochoa—saltó el pintor—, que también estás funerario y sepulcral.
—El tamaño quizá influye también—añadió Aviraneta—. Si las figuras fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras, esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos sugiere un poco la idea del difunto.
—¡Qué macabros están ustedes!—exclamó el pintor.
—No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar—replicó Ochoa—. Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es tan desagradable?
—Es la posibilidad del fantasma, del espectro—dijo Aviraneta—. Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma asustador.
—Luego hay el otro punto—insistió Ochoa—. ¿Por qué una figura tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico? Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en figuras de cera y no en un cuadro?
—Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte—dijo Aviraneta—, sería saber dónde están sus límites.
—Es cierto—añadió Ochoa—. No sabemos cuál es el límite del arte. ¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y, en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera sería aún más desagradable que en realidad?
—Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un monstruo lleno de tentáculos—observó Aviraneta—, y unos de éstos viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.
—Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos, los más hundidos en el barro humano—añadió Ochoa.