—Es indudable—dijo Aviraneta.

—A mí lo que me asombra—añadió Ochoa—por qué este arte de las figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del gran Federico en cera.

—Yo, no—dijo Aviraneta.

—Yo, tampoco—repuso el pintor.

—Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.

—¿Y qué efecto hace?—preguntó Aviraneta.

—Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo—contestó Ochoa.

Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado, cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.

—¿Quién es este tipo?—preguntó el pintor a Ochoa.

—¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.