—Muy bien.
—¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?
—Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.
—Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida liberal e iremos hasta Pamplona—dijo el viejo—. En cuanto llegue comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que adiós.
—¡Adiós!
—¡Adiós, señor Chipiteguy!
Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su carro, seguidos de las otras galeras.
—El niño ese tiene buena suerte—dijo Claquemain de pronto, probablemente con la intención de molestar a su compañero.
—Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su tierra—exclamó Frechón con cólera.
—No es difícil aquí en España, porque está en la suya—contestó Claquemain humorísticamente.