—A mí me choca la suya.
—Si hay algo, ¿qué dirás?
—¿Y si no hay nada?
—Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.
—En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez—murmuró el carretero.
El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.
Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero. Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.
—¿Qué, hay alguna novedad?—preguntó el viejo a Frechón.
—Ninguna—contestó Frechón—. Estamos descansando.
—Los caballos, ¿se han portado bien?