Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.
María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro Leguía.
Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera, el lá del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las buenas formas.
Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur, damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con trajes vaporosos.
La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y tenía miedo al matrimonio.
A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él llamaban la Bella Inglesa.
Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia, porque tenía la ilusión de casarse enamorada.
Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus confidencias.
Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.
Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter un tanto agrio, según se decía.