Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los ácidos.

Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.

Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus proyectos.

El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.

Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra llegaría en veinte o treinta años.

Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando algo en un tubo de ensayo.

La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio, un inventor.

El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no lo miraban con simpatía.

Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo, duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de Paquerette.

La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.