La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre, nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con cerdas en el labio.

La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que más le temían.

La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían los grandes olmos de la muralla.

La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio para ver lo que ocurría en el burdel.

Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba profundamente.

Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.

Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a echar pulgas en la cama de su tía.

La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los brazos de cardenales.

Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por las demás mujeres sentía un odio felino.

La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa y a veces casi sin comer.