La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y tranquilo.

La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo, una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se contaba de ella era falso y calumnioso.

La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.

El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho, parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas butacas cuarenta siglos os contemplan".

La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.

Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.

La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que era hija de un judío.

La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los viejos contertulios en el whist, porque era lista para el juego y hacía trampas.

La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.

La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.