Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de la antigua muralla.
Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces, celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.
Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:
—¿Debe vivir o no la criatura?
Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar el oficio.
En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una intención y un fondo de mala sangre disimulado.
Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos criados, Quintín y Claquemain.
A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas. Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?
A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...
Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre y alocada.