Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que tenían más éxito.
Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa de Hervilly.
—Es un imbécil—dijo Manón con una rotundidad muy suya—; cree que todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al diablo!
A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:
—¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?
El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.
Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión secreta dentro del carlismo.
Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.
La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía tararear bien el Himno de Riego o la Marsellesa.
Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba, dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.