—Yo únicamente estudiaría—solía decir desdeñosamente—si me oyesen y me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no vale la pena.

Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su fuero interno que no podía competir con ella en nada.

Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.

Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de Rob Roy; Mina y Brenda, del Pirata; Julia, de Guy Mannering; Edith, de Los Puritanos de Escocia; Lady Rowena, de Ivanhoe, y Amy Robsart, de Kenilworth.

Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz. Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro a acompañarla.

Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo. Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo romano.

De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas, iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.

Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.

Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos de la infancia.

Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.