No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía nada que ver con la dignidad.

Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía sangre de brujos.

Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más inquieto, como el de Alvarito.

Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.

Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano sólo para él.

A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con dulzura:

—No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.

En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en la personalidad.

Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más perseverante, más fiel.

Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más pobre.