Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la música, ni la literatura le entusiasmaban.

Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos dependían de lo que oía alrededor.

Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más: esto casi era un inconveniente.

Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser una cosa alegre y divertida y siempre nueva.

—No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.

En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el sacrificio, la fidelidad al ser amado.

—Hablas como un libro—decía Manón—; pero todo eso debe ser muy fastidioso.

Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus dogmas.

Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez de Mendoza y de los Montemayor.

Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e impulsado a intentar una heroicidad.