Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.

Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.

—Anularse ante un hombre—decía ella—, no me parece un ideal.

—Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones—dijo Alvarito, que era profundamente conservador.

—¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?—le preguntó Manón.

—A mí, sí.

—¿Todas las horas, todos los días?

—Sí.

—¿Todos los minutos?

—Sí.