—Tú eres un imbécil que no te enteras de nada—le dijo Frechón—. Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras preciosas, que debe tener guardadas aquí.
Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y decidieron un día registrar la cueva.
Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de Aviraneta.
Alvaro le dijo que sí.
—Pues vaya usted a verle.
Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.
Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy y de Claquemain.
Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de cera.
—¿Usted no sospecha de nadie?—le preguntó Aviraneta.
—No.