Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón de esmeraldas, de zafiros y de topacios.

A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.

—Es un tesoro—murmuró Alvaro.

—Sí, pero no podemos tocarlo—dijo Manón.

—¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.

Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero era una de las figuras de cera.

Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.

La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.

El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el tesoro.

Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.