Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.

Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.

La guardia de los hombres no era muy eficaz.

Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera despertado.

Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón, considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a Alvarito que a él, se despidió.

Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.

Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata, pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.

En el agujero había también un cantarillo.

—¿Qué habrá aquí?—se dijo Alvaro.

—A ver, vacíalo.